Relatar. Lo mismo de siempre. Reunirse con alguien para contarle lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y lo que haremos en un futuro. O bien lo que han hecho otros, lo que están haciendo y lo que harán, intentando extendernos lo más posible de forma que nuestro interlocutor se vea imposibilitado de intercalar bocadillo, y así no le quite el protagonismo deseado a nuestra historia. Somos relatores, consumimos relatos, novelas, biografías, hechos históricos variados, noticias, películas. Necesitamos contar o que se nos cuente, pero también, cuando no hay nadie cerca…nos contamos historias a nosotros mismos: lo que haremos en un rato, lo que nos dijo fulana, lo que deberíamos de haber hecho aquel día…

Pero, ¿por qué lo hacemos?, ¿cuál es la ganancia en mantener este eterno relato de todo y de todos? Bueno, relatar nos permite recordarnos (recordar es re-encordar, poner cuerdas, atar, pero también proviene de “cordial”, palabra emparentada con “corazón”, por lo que recordar es “volver a poner corazón”, a “dar vida”), sentir una y otra vez las mismas cosas hasta que se vuelvan una realidad. El relato construye nuestra realidad. Solía decir don Juan, el brujo yaqui de Carlos Castaneda, que si dejásemos de relatar y relatar-nos nuestro mundo sencillamente se vendría abajo.

Relatar es definir: esto es esto y aquello es aquello, razón por la cual, si dejamos de relatar, el mundo va perdiendo fuerza. Los hindúes llaman maya o ilusión al mundo que construimos con nombres y formas, el mismo que afirma que yo “no puedo”, o “no valgo”, o “soy el mejor”. Ante la perspectiva de pasarnos la vida entera relatando y oyendo relatos, puede que surja en nosotros una suerte de rebelión sana que nos insta a cambiar tan desgraciado destino. Pero, ¿cuál podría ser el antídoto? Bien, se trata del arte de preguntar y preguntar-se.

Cuando Alicia (del cuento de Lewis Carroll) se encontró con la oruga, ésta no aceptó un mero relato, sino que de cuajo le preguntó: “quién eres”, y cuando ella le respondió con un relato: -soy Alicia-, ella le volvió a preguntar: -y ¿Cómo lo sabes?-. Cada vez que preguntamos ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿hasta cuándo?, etc, rompemos la continuidad del relato, de maya, de la ilusión que la historia crea. Lo importante no es la mera pregunta, ya que con ella podríamos incentivar simplemente un nuevo giro en el relato, con lo que acabaríamos “avivando el fuego”, sino que la clave reside en hacer preguntas y no satisfacerse con las respuestas (la respuesta es el relato, lo fijo), tal como hacía el Principito (de Antoine de Saint Exupery), quién constantemente acuciaba a sus interlocutores con múltiples y variadas preguntas.

Cuando hacemos una pregunta y la dejamos “flotando” sin responder se crea un incómodo vacío, fecundo, fructífero, pero incierto y aterrador. Por ejemplo, si pregunto: -¿quién soy yo?-, o -¿por qué nací?-, y no me refugio en respuestas prefabricadas, tendré que vérmelas con una especie de “nada” que reside en el ámbito de lo que los antiguos llamaban el nous o el pneuma, o lisa y llanamente “espíritu”. Preguntar descoloca, te obliga a cambiar, a mudar de piel, a replantear, comprender, explicar, y en el acto de hacerlo, comenzamos a ver las inconsistencias de nuestro antiguo relato por una razón crucial: hemos tomado la distancia suficiente.

Quien vive de relatos se ve imposibilitado de cambiar, tal como le sucede a un bloque de hielo. El relato rigidiza. Pero si derretimos ese hielo mediante la pregunta insidiosa, descarriladora, podremos luego congelarlo en formas más útiles y valiosas para nosotros. Esto ya lo sabía Sócrates cuando caminando por el Ágora de Atenas no dejaba en paz a nadie con sus insidiosas preguntas. Si leemos sus diálogos, recogidos por Platón, veremos con sorpresa como muchos temas debatidos quedan sin resolver, sin llegar a un nuevo “relato” que sustituya al antiguo. Sócrates buscaba “descarrilar”.

En el budismo zen existe una curiosa técnica con el mismo propósito, conocida como koan que consiste en tomar una pregunta que carece de respuesta lógica y dejarla “flotar” en nuestra mente con el fin de desestructurarla. Por ejemplo: “¿qué sonido produce una sola mano al aplaudir?”, o “¿qué rostro tenía yo antes de nacer?”. Jesús apeló a esto mismo cuando el Sumo Sacerdote le preguntó: “¿no tienes nada que alegar contra los que testifican contra ti? Pero Jesús permaneció en silencio” (Mt 62-63). Así evitó el “relato” que afirmaría o negaría una historia. En cambio, con su silencio creó una brecha, un hueco en la descripción del mundo que el Sumo Sacerdote tenía.

“-¿Quién eres tú? -dijo la Oruga.
No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada:
-Apenas sé, señora, lo que soy en este momento… Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces.
-¿Qué quieres decir con eso? -preguntó la Oruga con severidad-. ¡A ver si te aclaras contigo misma!
-Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora -dijo Alicia-, porque yo no soy yo misma, ya lo ve.
-No veo nada -protestó la Oruga.
-Temo que no podré explicarlo con más claridad -insistió Alicia con voz amable-, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante.
-No resulta nada -replicó la Oruga… ¿Quién eres tú?
Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad:
-Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es.
-¿Por qué? -inquirió la Oruga.
Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincente y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse.”
Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll).
Cambia el relatar por el preguntar, o simplemente callar, y verás cómo cambia tu vida y la de los que te rodean.

Ya me cuentas…

Pablo Veloso.

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