Aprender a enfermar

Estamos pasando por uno de los momentos más cruciales de nuestra historia como humanidad. Nunca antes se había dado que la humanidad entera se contagiara de un virus (regalo de nuestro mundo globalizado). Sabemos superficialmente que los virus son entes que algunos califican como seres vivos y otros no, ya que carecen de las funciones básicas que se requieren para ser considerados así. Y sin embargo, pese a su extrema pequeñez parecen ser sumamente capaces de no sólo interaccionar con nosotros, sino de introducirse sin nuestro permiso hasta el nivel más íntimo de nuestro ser, el celular. Y la cuestión no se detiene allí. Poseen la habilidad de alterar nuestro código genético de formas impredecibles. Ante tal impotencia de nuestra parte… ¿Qué hacer?

Bueno, los virus han existido en nuestro planeta desde mucho tiempo antes que nosotros lo habitásemos. Ellos son los verdaderos dueños de él, ya que no sólo son capaces de infectar humanos y animales, sino que también lo hacen con plantas y hasta con bacterias. De hecho, la más moderna investigación científica genera virus en laboratorios que son capaces de atacar e inutilizar bacterias, de forma que al inoculárnoslos combatan infecciones bacterianas para las cuales carecemos de antibióticos conocidos.

Pero ¿qué es un virus? Pues vamos a presentarlo en sociedad de una forma sencilla: se trata de una subrutina. Imaginemos que tenemos un ordenador que funciona con un sistema operativo (software) como por ejemplo Windows. Dicho sistema viene preparado para realizar tareas preestablecidas, las cuales repetirá hasta el hartazgo si nada extraño sucede. A veces cargamos programas nuevos que desarrollan funciones deseadas, y cuando ya no nos sirven los desinstalamos, con lo cual todo va de mil maravillas. Se trata de un proceso controlado (relativamente).

Sin embargo, todo programa está constituido por ceros y unos, el famoso código binario, que al complejizarse genera rutinas simples, como por ejemplo acelerar el procesador, suspender el ordenador, etc. Rutinas simples que al combinarse por parte del programador dan origen al sistema operativo y a los programas que usamos.

Sin embargo, a veces ocurre que algunas piezas de código foráneo llegan hasta nuestro ordenador, a veces debido a la mala intención de algún hacker y otras por ser retazos de programas desinstalados. A esos “trocitos de código” es a lo que llamamos virus, ya que al ingresar al sistema, le harán realizar funciones que muchas veces carecerán de sentido, otras harán que nuestro ordenador se bloquee por completo, y otras no harán nada en absoluto .

Sin embargo, si observamos el proceso notaremos que está modificación da como resultado una forma alternativa de funcionamiento, algo que quizá el programador no había contemplado y que, viendo ahora los resultados, podría aportarle geniales ideas para futuras mejoras. Algunos virus informáticos son llamados “crackers” y buscan romper limitaciones que los programas imponen, mientras que otros se conocen como “hacks“, que permiten lograr mejoras a juegos o programas que no venían de origen. Otros buscan simplemente destruir.

Así notamos como los virus, lejos de ser siempre agentes destructores, son más bien información que es capaz de alterar el funcionamiento monolítico de un sistema, pero no como algo exógeno, externo, sino como el lenguaje original con el que se escribió ese sistema operativo, de lo contrario no podrían asimilarse a él.

¿Qué solución hemos encontrado tanto en el ámbito informático como en el orgánico? Pues crear antivirus, destruirlos apenas se acerquen. Es lo que hace nuestro sistema inmunológico también con más o menos éxito. Sin embargo a veces entran igualmente y nos modifican. Pero… ¿cómo nos modifican?

Cuando se logró analizar el genoma humano (el ADN o código genético que nos constituye) se esperaba encontrar algo revelador, especial. Pero ¿qué se encontró? Pues una esencia mínima funcional que nos hacía quienes somos y un montón de “ADN basura”. Y ése “ADN basura” resultó estar constituido por… ¡restos de virus!

Se entiende que cuando los virus infectan a las células modifican su ADN con diversos fines, proceso que no es siempre perfecto, por lo que muchos errores surgen, resultando así en un gran potencial evolutivo. Se piensa que muchos saltos evolutivos (como el del simio al homínido) tuvieron mucho que ver con restos de virus que, debido a cambios medioambientales se activaron en el genoma produciendo cambios que resultaron adaptativamente viables, lo que generó variaciones menores o lisa y llanamente nuevas especies. Por ello ¡puede que los humanos estemos aquí gracias a los virus!

Si no lucháramos contra los virus, el embate de tal cantidad de modificaciones acabaría con nosotros, pero nuestra sociedad actual está basada en la idea de: somos la cúspide de la evolución de la vida, por lo que nada debe modificarnos ni a nosotros ni a nuestra forma de vida. En suma, buscamos la destrucción del enemigo en aras de la estabilidad, lo que genera miedo (al cambio).

Sin embargo, podríamos variar nuestra actitud de la “guerra sin cuartel” a la “regulación selectiva”, es decir, podríamos comenzar a permitir una fructífera interacción con los virus, regulando su ingreso, aprendiendo a permitir selectivamente su aporte en lugar de evitar todo contacto.

Ocurre lo mismo entre países. Los hay que cierran férreamente sus fronteras y acaban con todo aquel que quiera ingresar, con lo cual logran dos efectos nocivos: el primero es que no recibirán nuevas ideas que podrían transformar de mil formas (unas productivas y otras no) a su sociedad, y la segunda, que cuando sus fuerzas ya no sean suficientes como para resistir al enemigo, éste entrará masivamente rompiendo sus defensas, y los habitantes no tendrán preparación alguna para dicha integración, por lo que su nación acabará fagocitada.

Los países que regulan la entrada de personas extranjeras consiguen (pagando el precio del esfuerzo económico y social de la paulatina asimilación) un aumento en la variedad de ideas y conocimientos que impulsarán a todas las áreas del saber. Miremos a países como EEUU y Argentina durante las dos guerras mundiales y cómo se enriquecieron a todo nivel con el aluvión de inmigrantes y lo que ellos trajeron consigo.

Con lo anterior quiero decir que como sociedad o como organismos hemos aprendido a vivir cerrando fronteras por miedo a perder nuestra preciada integridad (¡no me hables, no sea que me convenzas!) con lo que, ante el embate de las enfermedades, lo que más nos duele es la pérdida de nuestra autarquía, de nuestro estrecho y confinado mundo físico e intelectual. Hemos olvidado que enfermar (in-firmus, ausencia de firmeza), corromper, deteriorar, es cambiar, y el cambio, por costoso que sea… es vida.

Pablo Veloso

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