El mito de la iluminación permanente

Nuestro mundo occidental es hijo en gran parte de la visión hebrea de la existencia, la cual es claramente lineal, esto es, que la historia se desarrolla desde su inicio en el remoto pasado (génesis bíblico) hasta un punto en el futuro en que todo acabará en un catastrófico final (apocalipsis) para nunca volver a repetirse. Lo anterior no puede más que generarnos una ansiedad descomunal, ya que nos enfrenta con la terrible idea de que por un lado disponemos de muy poco tiempo para llegar a buen puerto, y por otro con que tendremos una sola oportunidad para alcanzar dicha meta.

Esa es la razón por la que cuando abordamos nuestro derrotero espiritual, no lo hacemos como los hindúes o los chinos, por ejemplo, que poseen una noción circular, o espiral de la vida, por lo que sienten que cada día es uno más de una sucesión infinita de momentos presentes que se repetirán, con sus normales variaciones, eternamente. Ellos sienten que no están perdiendo o desaprovechando nada si se “pierden” por un rato en alguna diversión, entretenimiento o “pecadillo”, ya que tarde o temprano retomarán el camino perdido y llegarán a destino. Este último tampoco es fijo, ya que, en algún momento, y con el fin de reactivar el juego deberá deteriorarse, corromperse o perderse, dando lugar al “reseteo” de la existencia para que todo pueda seguir en marcha.

Si lo pensamos por un momento notaremos que la visión oriental es sumamente coherente con la simple observación de la vida natural, es decir, todo constantemente está cambiando, variando, finalizando para volver a recomenzar de otra manera. Tenemos el famoso axioma de la ciencia: “nada se crea ni se destruye, todo se transforma”. Ello a nosotros nos pone los pelos de punta. No podemos aceptarlo. Se nos ha enseñado que la vida es una sola, y que, por si fuera poco, si has llevado toda una vida impregnada de la más redomada santidad, pero en tu último suspiro, por alguna razón cometes un pecado, ¡todo lo adquirido se perderá en un instante!

Ya vemos como construimos nuestra vida occidental. Lo hacemos basados en la idea de prisa, de llegar, de alcanzar el estado correcto económica, sentimental, laboral, social, y espiritualmente, con lo cual nuestro nivel de neurosis es poco menos que apoteótico. Decía el pensador inglés Alan Watts que los hindúes ven a los cristianos con una mezcla de sorpresa y respeto, ya que es para ellos como ver a unos corredores de cien metros llanos que deben llegar a la inmediata meta para salvarse, pero que tal como exclamaba Christopher Lambert en la película Highlander: ¡sólo puede quedar uno! Sería diferente el concepto de maratón, en el que tendrían tiempo de ir desarrollando algún tipo de ritmo que les permitiese gestionar sus esfuerzos, pero ni siquiera eso. Aquí se trata de poco menos que tres minutos (la vida) y ya tienes la meta frente a tus narices, por lo que el margen de error es desproporcionado, por lo cual atestiguar dicha carrera es angustiosamente emocionante.

Así llegamos al concepto de iluminación o despertar (siempre tomamos como índice al Buda o a Jesús), que se supone que implica que un individuo ha “llegado” a algún tipo de estado en el que nunca más será perturbado por cosa alguna (nos fascina eso), concepto heredado del estoicismo grecorromano (apatheia ó ataraxia. Pero a diferencia de dicha filosofía que se encontraba enmarcada en una forma total de ver la vida, es decir, que incluía una forma de comer, adorar, caminar, meditar, relacionarse, nosotros vivimos escindidos, creyendo que la dimensión espiritual de nuestra vida no tiene punto de contacto con nuestro desempeño laboral en la oficina. Con lo que nuestra búsqueda de la iluminación se convierte en una especie de “hijo huérfano”, abandonado a su propia suerte, no apuntalado o cuidado por todas nuestras restantes actividades y propósitos, dificultando la posibilidad de lograr la tan ansiada “iluminación”, que se vuelve una quimera inalcanzable por falta de apoyo cooperativo.

Lo anterior hace que nos volvamos tan susceptibles al hecho de que ni siquiera eso parece tener ocasión de ocurrir, que comenzamos a pensar que si ocurriese tendría que ser para siempre, como un llegar a la cima de la montaña para nunca más tener que descender. Algo completamente contrario al sentido común más básico como hemos visto, pero que, tal como un niño que piensa que cuando sea grande será astronauta y todo estará bien por siempre, así nosotros pensamos que alcanzaremos la iluminación y seremos felices por siempre.

Firmamos contratos porque deseamos un matrimonio, un trabajo, una carrera, metas, una casa que no varíen, que los definamos y queden así por siempre, que no nos despierten dudas. En suma, no queremos el cambio, lo detestamos. El problema es que los años pasan, y el ansiado hecho no ocurre, y esto es así por la sencilla razón de que la iluminación (como todo lo demás) no es un acontecimiento único y reconocible sino un proceso dinámico y eterno. Es la vida misma.

Debido a ello comenzamos a buscar denodadamente a alguien que haya “llegado” para tenerlo de modelo, y sin siquiera saber cómo reconocerlo, simplemente creemos con total ceguera en su afirmación gratuita de que ha arribado realmente (y normalmente le rendimos algún tipo de culto). Necesitamos creer que alguien ha podido alcanzarlo, y lo paradójico es que aquellos que se proclaman iluminados también necesitan creerlo, prueba de ello es la gran dedicación con que promueven su condición ante sus congéneres a pesar de que sus comportamientos varían según de quién se trate desde la apatía más desentendida, pasando por los arranques de ira frecuentes e imprevistos, hasta el desenfreno sexual promiscuo y la glotonería.

Dicha variedad de comportamientos nos arroja a la triste realidad: no tenemos ni idea en qué consiste verdaderamente el estar iluminado (si es que tal cosa existe), más allá de lo que unos pocos textos sagrados afirman.

Pero cuando cambiamos la mirada y empezamos a aceptar que la iluminación jamás ocurrirá como hecho puntual y único, comenzamos a relajarnos y a acercarnos maduramente al punto de vista oriental, en que vemos la vida como un lilah, un juego divino. Descubrimos que la iluminación y todo lo demás en la vida es un proceso sin final, eternamente interaccionando consigo mismo, aprendiendo y desaprendiendo para poder volver a aprender, corrompiéndose para poder adaptarse a nuevos y vibrantes desafíos. Y así llegamos a un estadio que no podríamos denominar más que con el sencillo nombre de “humildad”. Abandonamos la actitud pretendidamente triunfal de querer ser el “ombligo del mundo” y nos volvemos una simple y gozosa parte de la existencia toda…

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