El secreto de la meditación

Has preparado tu sala de meditación con esmero. Tienes el cojín adecuado, el incienso, la foto de tu maestro cuidadosamente enmarcada, junto a una sutil vela que lo ilumina de soslayo. Te sientas cubierto por tu manta india producto de tu último viaje al exótico país de los mil dioses. Estás a punto de formar parte de las miríadas de almas que se sumen (y se han sumido) en esas antiguas técnicas que pasan de maestro a discípulo en una cadena ininterrumpida.

Cierras los ojos como te enseñaron a hacer, tomas conciencia de tu respiración que ahora fluye sin esfuerzo. Todo es perfecto, una paz incomparable. Lejos está el mundanal ruido que te tocó vivir en tu arduo trabajo hoy. Ahora has regresado a casa, al útero. De repente te das cuenta de que un pensamiento, uno que no debería haber aparecido te ha arrastrado lejos de tu centro, y es que acabas de notarlo, y junto a ello notas que han pasado varios minutos desde que comenzó a arrastrarte sin que lo notaras, ¡y recién ahora te das cuenta! Es terrible, has perdido unos preciosos cinco minutos o más en tu divagación.

¡Ahora caes en la cuenta de que otra vez te has dejado arrastrar! Esta vez por los pensamientos acerca del dejarte arrastrar de hace un rato, que te llevaron a aquella vez en la infancia en que desobedeciste a mamá. Pero te has dado cuenta por suerte. Vuelves a estar consciente, ¡menos mal! Enseguida caes en la cuenta de que ya casi se ha terminado el tiempo previsto para tu sentada meditativa, ya que otra vez, otro pensamiento derivado de los primeros te ha llevado de viaje…no lo puedes creer, ¿cómo puede todo haber resultado tan mal?

¿Te suena conocida esa historia? Pues es muy frecuente. Es la historia de todos los meditadores, lo quieran confesar o no. Muchos aprenden a estarse quietos como estatuas, ya que el cuerpo se acostumbra a todo y parecen verdaderos Budas, cuando por dentro la historia es otra. Pero ¿qué es lo que sucede? ¿Por qué es que no podemos concentrarnos tal como deseamos y disfrutar de una paz consciente que inclusive podamos extender a todo nuestro quehacer cotidiano?

Pues vamos a examinarlo con cuidado. Cada uno de nosotros forja una imagen propia a lo largo de la vida, es lo que llamamos personalidad, la cual, por definición deja fuera aspectos de nosotros mismos que no cuadran con dicha imagen (a veces negativos y otros positivos). Así, cuando emprendemos cualquier proyecto, incluida la meditación, lo hacemos desde esa “media imagen”, con lo cual suceden dos cosas: una es que jamás alcanzamos dicha meta, ya que se nos acaba la energía muy pronto porque lo que habíamos descartado (la sombra) viene a nosotros con la intensidad de quien es rechazado y olvidado (es como si planeo meter un gol como Maradona porque creo que soy él, tarde o temprano la vida se encargará de demostrarme que disto mucho de serlo); y por otro lado el hecho de que éstas fantasías ejercen una fascinación irresistible en nosotros, y que mientras duran, olvidamos a la “media imagen”, lo cual nos relaja de la tensión que ella nos produce en su ficción.

Así, meditar queriendo alcanzar a Dios desde lo que no soy (la media imagen), enseguida traerá “distracciones” que curiosamente nos interesan tanto que nos perdemos en ellas. Si miramos a dichas distracciones con cuidado descubriremos que sus contenidos no son infinitos, sino que podemos agruparlos en seis o siete temáticas diferentes. Es como con las películas, las hay con tramas muy diferentes pero podemos agruparlas en unas pocas categorías (drama, comedia, etc). Estas temáticas suelen repetirse a lo largo de toda nuestra vida.

Habitualmente buscamos descartar las distracciones apenas las notamos para poder regresar a nuestra meditación y a nuestra media imagen, pero olvidamos que esas distracciones están buscando ser incluidas, integradas, de forma de generar una imagen más completa de nosotros mismos. A éstas distracciones les llamamos “fantasías” o “tonterías”, y se nos presentan también durante el día como el “soñar despierto” y en el soñar por la noche. En todos los casos buscando ser reconocidas.

Para poder reconocer estas fantasías necesitamos compromiso, responsabilidad con el proceso y, para ello, comprensión de lo que sucede y de porqué lo hace. Entonces ¿es un error proponerse una meta como concentrarse, mantenerse como testigo imparcial, o buscar a Dios? Todo lo contrario. Cuando nos proponemos una meta es cuando aparecen las fantasías, y cuando nos autocastigamos por habernos distraído y volvemos a intentarlo con más ahínco es cuando aparecen con más fuerza.

Ya lo hacen hasta con metas cotidianas como hacer deporte o una dieta, pero con la iluminación (la meta de las metas) éstas fantasías nos invaden masivamente (es lo que los cristianos llaman tentación), lo cual es una gran bendición, porque si somos íntegros y responsables las iremos reconociendo y reintegrando hasta conseguir recuperar una imagen cabal de nosotros mismos, sólo para descubrir que…¡No somos esa imagen! Pues así es, nunca lo fuimos, solo que no lo notábamos porque estábamos ocupados peleando con nosotros mismos (entre partes de la imagen), pero ahora que la cosa se ha tranquilizado lo hemos visto.

¿Y qué somos entonces? Todo, la Vida, el Ser, y vemos ahora por qué no lo podíamos alcanzar: porque ya lo éramos. Sin embargo nuestro esfuerzo por alcanzar la meta rindió frutos, puso en evidencia las fantasías para que las integrásemos. De ello se trataba la meditación. Por eso es que nuestro maestro nos decía que pongamos más voluntad en concentrarnos, para que todavía brotaran más fantasías…

Así vemos que todo ser humano diariamente entra en absorciones involuntarias (pratyahara) fomentadas por la “media imagen”, y que si intentamos concentrarnos (dharana) surgirán de forma evidente estas fantasías que, si meditamos (dhyana) en ellas (meditar es reflexionar, de la raíz “medir”), podremos llegar a la integración (samadhi) suficiente como para “ver” (kaivalya). Podríamos resumirlo así: “Meditar es el arte de recuperar nuestros fragmentos descartados para que, en la tranquilidad que se suscita, poder ver que lo que creíamos ser no lo éramos, sino que siempre fuimos…Esto (y ello incluye a la imagen de nosotros mismos, ahora más cabal)”.

Pablo Veloso

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