La no dualidad y el síndrome de la vida sin alma

La vida es compleja, y esto es algo más que evidente. Continuamente se nos demanda nuestra participación para resolver esto o aquello, para solucionar éste o aquel problema. Todo ello resulta agotador, ya que cada vez que nos concentramos en algo la fatiga no tarda en aparecer. Algo notable en el proceso vital es que resulta claro que donde hay esfuerzo allí estamos nosotros. Esa conocida sensación de ser un yo, un ego que se aplica a lo que haga falta, con lo que comenzamos a relacionar al agotamiento con la aparición de la sensación de yo.

No es de extrañar entonces que nuestra sociedad constantemente desarrolle formas cada vez más creativas y variadas de entretenimiento (“tener entre”), palabra que tiene que ver con mantenernos aunque sea por un rato en una suerte de limbo, de estado intermedio en el que no hay un cuajar, un descender, un concentrarse, en suma, no hay yo (ergo no hay dolor). Si un entretenimiento es efectivo, diremos al acabar: -¡recién ahora caigo en la cuenta de mi mismo! Es decir, durante el divertimento no nos acordaremos de nosotros mismos, no habrá fatiga alguna, no “aterrizaremos”.

Así entonces podemos equiparar la ausencia de sensación de yo con la paz y el reposo. Pero la vida no parece estar de acuerdo con nuestro subterfugio, ya que todo conspira para que una y otra vez ese fastidioso yo regrese al mundo real, a tomar decisiones, a frustrarse, a agotarse. De alguna forma pareciera ser que la vida necesita que exista dicha sensación de yo y por ello nos reclama otra vez. Algunas personas logran deteriorar sus capacidades cognitivas mediante drogas o picos de estrés repetidos, con lo cual ya no sufren, pero claro, tampoco viven (como sucede con los vampiros), y además ya no pueden funcionar en el mundo real.

Pero como el ser humano es incansable en su inventiva, hemos desarrollado la herramienta definitiva para lograrlo sin deteriorar nuestra biología: la no dualidad (advaita) y su sucedáneo: el relativismo. Se trata de una postura filosófica que propone mediante un concienzudo análisis del funcionamiento de la mente, que el yo en realidad es impotente, que no posee realmente la capacidad de hacer que se arroga, que es sólo una marioneta que parece tener vida propia pero que en realidad carece del libre albedrío que justificaría toda preocupación. De ésta forma accedemos a una nueva manera de vivir que nos permite funcionar en el mundo pero a la vez desterrar (nunca mejor dicho) la intensidad agotadora que provenía de considerarnos el sostén del universo cual el antiguo titán griego Atlas.

Si todo es ilusión (en el sentido latino del término como “ludere”, lúdico) es decir, no hay nada certero o seguro, nada definitivo, ya nada nos preocupará, ya que lo que sea que esté sucediendo lo hará por sí mismo. Es decir, lo que otrora yo pensaba que dependía por completo de mí mismo (tomar decisiones, aplicarme a corregir un vicio, estudiar) y que era mortalmente importante, ahora es propiedad del universo como un todo (o de Dios), con lo cual ya no habrá ese agotamiento que antes nos acuciaba y que nos obligaba a buscar dispersiones para no morir de estrés. Ahora ya no hay dos. Ahora sólo hay uno (la Vida, el Ser, Dios), ergo: hemos eliminado el problema, nos hemos quitado de en medio.

Hasta aquí todo perfecto. Tenía estrés por creer que todo dependía de mí, pero ahora sé que no lo hace, por lo que me relajo. He tomado la medicina que cura la recalcitrante enfermedad del yo. Pero claro, el ser humano gusta de los excesos, y bajo la premisa de: si una píldora me hace bien, diez me harán mejor, comenzamos a habituarnos a la paz que nos aporta tal estado y la medicina se convertirá en dieta, con lo cual vendremos a descubrir, tras un idílico paraíso de tranquilidad (que puede durar toda la vida de hecho), que para amar hace falta algo de yo. Y también para disfrutar de un partido de fútbol, o del crecer de un hijo, o para poder apasionarse con una carrera, una investigación, un proyecto, en suma, ¡que nos damos cuenta de que hemos arrojado al niño junto con al agua de la bañera!

Llegados a éste punto muchos deciden que dado que ya que han llegado demasiado lejos, se mantendrán así pese a las consecuencias, convirtiéndose en verdaderos “zombies” no duales. Gente que, por miedo a que alguien o algo los haga “caer” otra vez en el doloroso yo, constantemente nos abordan con preguntas como: “¿quién pregunta?”, o “¿quién dice que ama?”, como forma de poder desmitificar cualquier intento nuestro por suponer un libre albedrío e involucrarlos así con algún tipo de sentimiento que los humanice.

Es el “efecto vampiro”, ya que dichos seres míticos no se reflejan en espejos (carecen de yo), no poseen alma (no sienten), son pálidos como los muertos (carecen del calor de la pasión), y necesitan de la sangre de los vivos (aunque no lo reconozcan ven Netflix). Claro, a cambio son inmortales, pero dolorosamente inmortales. La no dualidad como dieta es el último atalaya del ser humano, ese esfuerzo sobrehumano que citaba Don Juan, el personaje de Carlos Castaneda cuando decía que los antiguos videntes habían llegado tan lejos en la búsqueda de la inmortalidad, que habían quedado atrapados en los reinos inorgánicos, perdiendo para siempre su humanidad.

Aunque resulte improbable, muchos están comenzando a despertar del embriagante sueño de la consciencia no dual hacia una forma mucho más equilibrada de abordar la vida, descubriendo un mundo que habían olvidado, abriendo los ojos a él por primera vez en mucho tiempo, y reconociéndose incapaces de funcionar al principio. Tal como le pasaba a Neo, el personaje de la película Matrix, a quien la primera vez que intentó ver el mundo real le dolían los ojos por falta de costumbre (en una analogía evidente con la “caverna” de Platón).

Buscamos soluciones fáciles y definitivas al dolor humano, pero la vida es mucho más compleja que eso, y no se contenta con una mera huida al mundo del “nunca jamás”. Si no que nos pide un continuo reajuste en el equilibrio vital, tal como cuando andamos en bicicleta y reajustamos nuestro equilibrio todo el tiempo. Ello no es fácil, pero nos permite interaccionar con el medio y con los demás. En suma, estar vivos.

La propuesta no dual se encuentra en todas las tradiciones espirituales del mundo de una u otra forma, y resulta un abordaje sumamente liberador de la fijación obsesiva en el yo que vivimos hoy en día, pero su efecto curativo sólo se manifiesta cuando apelamos a ella como lo haríamos con una medicina, es decir, sólo hasta corregir el desbalance.

Pablo Veloso

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