La pandemia y el arquetipo del apocalipsis

¿No resulta sospechoso que nos atraigan tanto las series del estilo de Walking Dead o Resident Evil, y que estemos hoy en medio de una pandemia mundial bajo el asedio de un ser minúsculo, que no podemos siquiera discernir qué es lo que realmente hace? Pues no, en absoluto.

Ya de por sí, el hecho de que nos fascinen dichas producciones post-apocalípticas nos da un indicio claro de que tenemos una fijación (obsesiva diría yo) con el caos, con aquello que no podemos ver ni entender y que, dado que nos las hemos arreglado para creer que hemos eliminado de nuestra construcción cultural toda traza de lo no controlable, ahora lo necesitamos con desesperación. Y por ello, nos lanzamos sin desparpajo a consumir toda expresión artística que lo denote.

¡Tanto es así que ahora mismo somos los protagonistas de nuestra propia serie apocalíptica! ¿Pero cómo es que llegamos hasta aquí? Bueno, las culturas que nos precedieron convivían con las fuerzas de la naturaleza, brutales y destructivas. Nosotros también lo hacemos, pero de forma mesurada, un poco de frío o calor, alguna tormenta, un tsunami de vez en cuando. Pero normalmente nos guarecemos en nuestras casas y la ayuda llega pronto, en el caso de que haya cortes de suministros o destrucciones materiales. Ello nos hace creer que el orden es lo real y el caos es sólo algo que ocurre una vez cada tanto tiempo. Es un craso error. El caos es la existencia, y el orden es tan sólo un ápice, un mero fragmento de ello, y ahora mismo lo estamos descubriendo con pesar. Los virus (veneno en latín) existen desde mucho antes que nosotros, y también las destructivas y caóticas fuerzas de la naturaleza, pero elegimos crear un orden social pretendiendo que no es así.

Los antiguos poseían símbolos (mitos) para poder establecer vínculos con lo caótico, y así sus formas de vida resultaban más armónicas (no padecían de psicosis o neurosis por ejemplo). Sus comportamientos habituales los hacían participantes del mundo que los rodeaba en lugar de ser meros invasores como nos pasa a nosotros. Ello les permitía dialogar con el medio, con lo que no comprendían, ya sea que proviniese desde fuera (fuerzas meteorológicas) o desde dentro (virus y emociones), ya que cuando uno simboliza algo que no ve, puede comenzar a escucharlo, con lo cual se abre la puerta a la bidireccionalidad, al diálogo.

En el cristianismo y el judaísmo hay un principio fundamental que es el de la justificación (dikaiosis). Cuando salamos algo lo volvemos salado, cuando lo endulzamos, pues dulce; pero cuando lo justificamos lo volvemos justo. Volver justo a alguien o algo es darle otra categoría.

Pensemos en un prisma, en ese cristal que, ante un haz de luz blanca, genera el espectro de colores que vemos por ejemplo en un arco iris. ¿Qué hace? Pues tamiza, cierne, transforma a través de un proceso a lo que es crudo y monolítico (luz blanca), en pluralidad y belleza (espectro luminoso). Ése es el fenómeno de la justificación, y cuando se pone en marcha, produce una dignificación de la vida humana por otorgarle un claro propósito, lo que se traduce en la felicidad de saberse parte vital de un gran proceso orgánico llamado vida.

Vamos a aclarar todo esto con un ejemplo sencillo. Imaginemos un huracán, un bestial y destructivo viento destruyendo todo a su paso y propongamos tres escenarios posibles. En el primero, nada ante él ¿qué sucederá? Pues nada, el viento circulará sin obstáculos y nada habrá ante él que le presente el desafío de ser “tamizado”. Ello es equivalente a cuando el impulso de matar surge a alguien que carece de todo prurito moral, sencillamente matará y dormirá como un bebé esa noche, tal como haría cualquier bestia salvaje. Allí no ocurre “justificación alguna”.
En el segundo escenario encontramos una pared que le hace frente al viento. Según su robustez puede que aguante más o menos tiempo, pero tarde o temprano puede que caiga ante el embate brutal del viento. Es el caso de alguien que posee propósitos de vida individuales, narcisistas, del estilo de: yo hago lo que me place y la vida no es nadie para arruinar mis planes. En este caso tampoco hay justificación, ya que el viento no sufre transformación alguna, simplemente contiende contra la pared, que puede aguantar o derrumbarse. Es la condición más habitual, la de nuestra sociedad que no incluye al caos, a las emociones (lo que nos “mociona”) porque tenemos nuestros propios planes.

El tercer escenario es el de una pared también, pero con un agujero en su centro por el que el huracanado viento puede pasar en una medida, con esfuerzo, con lo que el viento se ve no sólo descomprimido en su embate contra la pared, sino también transformado, ya que al pasar a través se “parediza” se justifica (y la pared se “vientifica”), y del otro lado saldrá un “viento tranquilo”. Habrá sucedido un diálogo, una interacción. Dolorosa sí, y mucho, ya que la pared debe permitir el pasaje de lo brutal a través de ella misma y ser transformada por el proceso, y a la vez el propio viento también lo será. Pensemos en el caos como emociones, virus, personas pendencieras y sucesos externos que nos acontecen cada día, que necesitan ser justificados, transformados por nosotros.

Los primeros dos casos son inútiles para la vida, el primero de ellos porque es caos encontrando caos, con lo cual el resultado es más caos. No hay justificación. En el segundo porque el caos es resistido, aguantado, con lo cual no hay tampoco justificación. Solamente en el último sucede lo que Jesús llamaba la transformación del dios del antiguo testamento duro y cruel (Yahveh) en el dios de Amor del nuevo testamento. Pero para ello hace falta que un “justo” (Jesús en este caso) sufriera, soportara el embate de “la ira de Dios”, de esas fuerzas primarias circulando a través suyo (cruz), y así “redimir los pecados del mundo” (caos) o “lavarnos con su sangre” (justificación de la vida entera).

La figura mítica de Jesús es la del “anthropos” el hombre primordial, el modelo a emular. Se trata así de abrirnos al caos de cada día (el “varón de dolores” del salmo 22), el de nuestras emociones (miedo, ira, entusiasmo) y el externo, pero no meramente “aguantando” (como el de la pared sin agujero) sino dialogando con ello, dejando que nos atraviese, incluyéndolo en nuestras vidas y en la forma en que construimos sociedades. Y veremos como el panorama cambia, como dejamos de esconder la cabeza (como hace el avestruz) y empezamos a convivir con el eterno caos. Así ni nos fascinarán tanto las series de zombies ni nos sorprenderán las pandemias…

Pablo Veloso

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