Un anillo para dominarlos a todos

Existe un fenómeno apasionante que nos suele pasar desapercibido, y es el de la polivalencia de las cosas. Me explico, normalmente pensamos que a cada cosa le corresponde un solo significado, y lo llamamos “el correcto”, y a todo aquel que se atreva a contradecirlo o a intentar suplantarlo tildaremos de hereje redomado y le aplicaremos el castigo social pertinente, el de “necio” e “insensato”.

Quizá esta tendencia a significados únicos para cada cosa se deba a nuestro trasfondo monoteísta que nos inclina a pensar como Sauron en el Señor de los Anillos: “un anillo para gobernar los a todos”, es decir, un solo libro sagrado, un solo Dios, un solo partido. Como resultado: guerras y conflictos en nombre de la Verdad. Cuando Frodo o Gollum se ponían dicho anillo su identidad personal comenzaba a desvanecerse, y si continuaban acababan siendo nadie. El anillo único fascinaba a todos, porque la definición única empodera, da la sensación de control, de que hemos resuelto la vida…

Hoy, mientras impartía un curso acerca de la mecánica de la baraja “Lenormand” tomaba consciencia del hecho de que existen todavía ámbitos, como el de dicha baraja, en los que se alienta una polivalencia en todo lo que se toca. Y casualmente es ahí donde se promueve la intuición y el pensamiento imaginal.

Vamos a aclararlo con un ejemplo que proviene de la mentada baraja. La Baraja Lenormand es un juego de cartas creado a principios del siglo XIX en Alemania, y consiste en 36 cartas, cada una con una imagen arquetípica, como por ejemplo un árbol, una casa, un perro, la luna, el sol, etc. Son imágenes que evocan conceptos del estilo de: un perro representa la fidelidad, el estar en casa, el descanso, lo confiable. Así un concepto simple puede adquirir variados significados según el contexto de la pregunta que se haga cuando se lo utiliza como un oráculo.

Habitualmente pensamos de forma analítica, discursiva, así ante la pregunta de “¿cómo está el día?” Nuestra respuesta es inequívoca: bien o mal, esto es: blanco o negro, cero o uno, activo o inactivo. Eso es pensar analíticamente. Se trata de cortar con una espada a la realidad en dos posibilidades excluyentes. Es la idea del principio de no contradicción que proponía Leibnitz.

Sin embargo, la dinámica oracular es totalmente otra, pues no sólo propone otorgar variados significados a la misma cosa (ya no vale 0 o 1, sino que puede valer 2, 3, 5, 0, 1000), si no que comienza a agregar capas superpuestas de significados coexistentes y totalmente válidos, una polivalencia radical de todo lo que se presente. Es un verdadero desafío para el pensamiento habitual, por lo que nos abre una puerta hacia el mundo aquel en que “una imagen vale más que mil palabras”. Pero resulta que la vida es así, polivalente. Nosotros somos los que estrechamos el significado de algo para que sólo valga una sola cosa y nada más.

Decía Don Juan, de Carlos Castaneda que cuando un ser humano nace, lo hace con una apertura total a lo que él llamaba “nagual”, al caos primigenio, pero que poco a poco la educación iba reduciendo esa posibilidad absoluta a un solo significado por cada cosa, el convenido por la sociedad como un todo, y que era la ardua tarea del brujo el lograr que su consciencia volviese a abrirse a la totalidad (el le llamaba a ello el “mover el punto de encaje”).

Otro ejemplo lo tenemos en el canto armónico, un tipo de canto que hace lo contrario a lo que nos han enseñado. Cuando oímos hablar a una persona sorda de nacimiento vemos que no sabe “elegir” los tonos y por ello todo aflora, agudos, graves, medios… En el canto armónico aprendemos a des-aprender y hacemos que nuestra voz comience a emitir armónicos que habíamos cercenado de nuestro diario hablar, con lo que lo que se obtiene es una voz polifacética y angelical en la que varios tonos coexisten de forma mágica.

La baraja Lenormand hace lo mismo. No sólo posee sus imágenes evocadoras de múltiples significados, sino que también incluye multitud de técnicas para utilizar y reutilizar las mismas cartas que aparecen en la mesa de formas diferentes. Es como si yo dijera la frase de base: “la bonita casa de campo deleita a todo el mundo”, pero ahí mismo comenzase a tomar la palabra mundo y la mezclare con la palabra casa, con lo que podría resultar que el mundo es como una casa, y luego decidiese mezclar bonita con campo, con lo cual obtendría que el campo, que evoca regeneración por ser la naturaleza, y por otro lado bonito, que es algo agradable de ver, llevadero, con lo que resultaría que hablaría de una recuperación de un problema de vida de una forma muy llevadera y agradable. Imaginemos ahora que comenzamos a hacer toda clase de interrelaciones como esas… hasta el paroxismo. ¡Nuestra mente racional se rompería en mil pedazos!

Lenormand no se limita a ello, sino que cada carta posee unos “insertos” de cartas de póker, es decir que además disponemos de un meta-nivel de interpretación, ya que podemos hacer coexistir el nivel de la imagen de la carta ya citado, con todas la combinaciones posibles e imposibles, y ahora agregarle el meta-nivel de las cartas de póker, que a su vez tendrán su interacción tal como lo hacían las imágenes, pero que además podrán interaccionar con las propias imágenes. ¡Multiplicando así las posibilidades de resultados coexistentes!

¡Qué plano es nuestro pensamiento habitual! ¿Una cosa es solo una cosa? ¿Y después nos preguntamos por qué existen todavía los oráculos, los libros sagrados y los mitos? Yo te lo responderé: ¡porque rompen la limitación impotente del pensamiento analítico!

Si te preguntas cómo es que podrías acercarte de forma simple a esta polivalencia de significados, te propongo que leas La Biblia con sus mitos, o la mitología que más te guste, o bien acercándote al mundo de los oráculos, en suma, animarte a tocar una imagen (pictórica o relatada en palabras) y darte el permiso de volar con la imaginación e interpretarla de mil maneras.

Don Juan de Castaneda decía que un brujo, a veces se pone en pie, arroja su sombrero al suelo, da una vuelta alrededor de él, y con ello anuncia que va a contar una historia conocida pero de forma modificada, y quizá cuente que Alejandro Magno vivió hasta los noventa años, y que fue sabio y feliz como hombre de familia… ¿por qué no?

Pablo Veloso

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